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Tengo que confesarles que las ubres son más sabrosas que los testículos. En la lengua los grumos no amargan y se deshacen. Cortados sobre la tabla puede verse el interior algo móvil, no tan compacto ni ennegrecido. Las mujeres habían aguardado a que el tipo tras el mostrador, con sombrero ranchero y camisa abierta que dejaba su vello al descubierto, le hiciera una mueca a mi aserción. Creo que imponía porque en él podían verse a los chivos cogiendo y gritando de dolor, con el aroma a sexo que tiene la sangre. Pero sonrió con sus ojos hondos como huecos de óxido mojado y ellas comenzaron a reír con ese volumen que parece desatar otro tipo de contención. De la carcajada al golpe una o dos palabras. En ese momento imaginé a la más joven empuñando el afilado cuchillo con restos de frito, subirse el vestido y, mirando a su vástago descalzo sobre el grasiento petate donde se amontaban los chicharrones, agarrarse uno de los pechos para sesgarlo como masa blanda: Ves, amor, esta es la teta que te amamantaba cuando tu papá se echaba a la tía. Llévala a las calderas para que la fría. En la estancia de los fritangueros el calor sacudía todavía más fuerte que afuera, donde los viejos dejaban su cabeza colgando, no muy lejos de los perros como muertos que habían escogido las mismas sombras. Una vez dentro, no pude evitar buscar al tipo que lanzaría a una de las calderas, el seno de su esposa. Antes vertería la grasa, densa y amarillenta, acumulada en uno de los bidones del patio trasero hasta hacerla hervir. Cuando estuviera arrojando las ubres lechosas, desconocería que ahí va el de la madre fecundada en la herida. Aunque lo cierto es que ningún rostro parecía más cabrón que otro. Tan sólo daban vueltas a la fritanga con las largas palas de madera y sus brazos reventados de ampollas. Al final del día, despegarían en el lavadero los restos de sebo adherido a los palos que también impregnaban las paredes de cal. La misma que revestía los muros exteriores de la finca, de arquitectura extremeña adaptada por los mixtecos, y cuyo blanco cegador parecía ser el único elemento compasivo. Fuera de esa visión todo eran tripas suspendidas, mapas inhóspitos de texturas estremecedoras, semejantes a los que se me presentaban en el adormecimiento. Pendían de los alambres que cercaban los cientos de caderas crudas, expuestas al sol como un ejército derrotado. Nuestra crueldad, pensaba, terminará de hacer con vosotras algo delicioso y por eso también estoy aquí, para conocer a vuestros dueños por su boca. Saber si aman como matan. Saber si antes de relamer los huesos pélvicos vuelcan el alimento masticado en la lengua del otro, si al engullir los pedazos recuerdan cómo os orinabais al rondaros, con el cuchillo en los dientes y los brazos estirados. Mientras atendía los finos vasos sanguíneos que traslucían por los tejidos, vi a varios dirigirse con decisión hacia la estancia mayor. En ese patio formado por corredores bajo teja, podía mascarse la espera. Ancianas con las piernas estiradas en el piso buscando con su cabeza pedazos sin sol, bebés durmiendo panza arriba sobre mantas, torsos desnudos acostados en las carretillas. Todos aguardando al chillido, a que aquella puerta quedara abierta. Dos grandes cuadras de tierra, amuralladas y conectadas por una valla. Más allá de esas tapias los caminos. 1,26,45,70 cabezas y más, contadas por unos cuantos hombres que agarrados entre sí, se situaban junto a la verja para que el hato brincara sobre sus extremidades. Los troncos estirados en el aire, su gesto de horror. Luego se iban arrinconando por las esquinas e incorporándose a dos patas a causa de los empujones. Por sus vaginas recién rasgadas por el parto entre el cerro y la muerte, por sus mamas rebosantes o su abdomen abultado, podía distinguir a las hembras de los machos. Podía distinguirlas a ellas en su búsqueda de una salida mientras los sementales continuaban defecándose. Ellas. Ellas clamando a sus crías desde el otro lado del muro. Cuando los matanceros comenzaron a asir los puñales todavía había algunas con la esperanza de la huida. No maten a esas, les gritaba, ¿no ven que observan a los caídos con ojos de persona? Maldita espectadora que no se tapa la cara al ver los pescuezos degollados formar charcos calientes en la arena, al ver los hocicos escupiendo sangre sobre las costillas de sus hermanos. Los cuerpos exhalando su último aliento bajo mis pies y yo, de cuclillas, tocando lo áspero de sus pezuñas. Apenas quedaban unos cuantos en pie cuando escuché el alarido desgarrado y entrecortado de una mujer. Habían ido trasladándolos al patio de tendido. Eran las madres, el grito de las chivas preñadas desde su vientre abierto en canal, desde sus placentas arrancadas como matojos que estallaban contra el suelo. Hora de que los hijos trataran de salvar a las crías todavía tiernas, hora de que las crías trataran de salvarse. Sujetos de las patas traseras y colocados boca abajo, despejaban sus gargantas con el índice para que aspiraran el nuevo oxígeno. Las futuras generaciones de matadores podrían quedarse con el redimido, si bien el suelo se llenaba de chotos ahogados en líquido amniótico mientras otros terminaban de enfriarse. En la misma estampa, se intercalaban las testas decapitadas con los cubos de flujo espumoso y las botellas de refrescos vacías. Crecían los montones de cráneos, paletillas y piernas. Podía escuchar el cuero separarse de la carne para terminar en una montaña de pieles, oír el desgarre de los ligamentos, el ruido de los cuernos contra los cuernos como si jamás hubieran berreado ni se hubieran observado entre ellos poco antes de ser descuartizados. Con los pies descalzos y las piernas ensangrentadas hasta las faldas, las señoras desmembraban los cadáveres con un ánimo distinto al de sus maridos, que parecían salivar con un apetito salvaje. Una avidez similar a la mía al oler los cuellos de los cabritillos inquietos que buscaban la teta en mis dedos, absorbiéndolos hasta la campanilla. Dos, tres y hasta cuatro enganchados a mí como si de mis uñas fueran a extraer la leche de las difuntas. Hasta que no chillen no se les da de comer, me contaba un niño que emocionado se disponía a correr hacia la tienda, con un cubo rebosante de corazones, riñones e hígados para venderlos a peso. Mi parte más turbada, se confortaba al haber visto a algún pequeño llorar desconsolado mientras convertían a aquellos que unos meses antes pastaban por sus tierras, en molla rosácea. Todavía no eran capaces de distinguir el alimento en la mirada cristalina que se abatía sobre los petates, separada de lo que más tarde sería un manjar en su dentición primaria. Desconocían que desde siempre sus vientres se habían llenado del vientre de otros. Que en poco más de una década le darían una palmada a sus sucesores para que se dejaran de pendejadas. Además, esas lágrimas se secarían en el sueño de aquella noche, refugiados sus cuerpos en el de sus madres, cuevas guaridas donde las raíces se entremezclan. Yo me había dicho, una vez fiambres, comérmelos es lo único con sentido. Una vez empapada con lo caliente de su gaznate rajado, con la bilis de sus intestinos temblorosos, una vez troceado y guisado, aquella ración era memoria de una cultura. Así que me senté en la mesa con un cuenco de intenso cocido frente a mí, los huesos en las manos, estirando la carnita con los dientes, empapada por la salsa picosa que avanzaba como un ardiente escalofrío por el esófago hasta la tripa y terminaba por subir a las mejillas, los lagrimales y la nuca. Resbalaban las gotas de sudor entre mis pechos, me chupaba las yemas. Mientras saboreaba la devoción, vi a una mosca en mi jugo. Si aguanta el nado un rato más, salvo a esta valiente.

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